«Verás, todos los miembros de una familia, por distintos que sean, tienen algo único, especial, inexplicable, que hace que se reconozcan entre ellos, por muy lejos que estén o por mucho tiempo que pase», le explicaba la sabia hormiga a la pequeña luciérnaga.
Para mí, ell@s, mi familia, son el motor de muchas cosas, incluida la historia de la luciérnaga. Así que os quiero presentar, con orgullo, a los protagonistas de mi mundo: mis padres, mi marido, mis hijos, mi hermana y mi sobrina. No importan el tiempo, ni la distancia ni los desaires de la vida. Todo puede cambiar, ir y venir, pero ellos son permanentes, su amor y su apoyo no entienden de condicionantes.
Hoy os quiero hablar de mis padres. Quiero que los conozcáis y quiero presumir de ellos.
Se llaman Antonia y Pedro. Son mis padres no sólo porque me trajeran a este mundo. Ellos me dan la vida, constante e incansablemente, todavía hoy. Ambos de familia humilde, de Villargordo (Jaén), tierra de aceituneros y buena gente, saben bien lo que es no tener, pero ello no les ha frenado nunca para poder. Poder ser las personas honestas y trabajadoras que, sin tan siquiera finalizar sus estudios (había que echar una mano en casa), emigraron a Madrid, compraron una casa y la convirtieron en un hogar junto a sus dos hijas, mi hermana y yo. Nunca nos ha faltado de nada, sobre todo nunca nos han faltado unos padres completamente presentes, volcados y una vasta educación en valores. Nunca nos han faltado la risa, la complicidad, la protección, el apoyo… En definitiva, siempre se han encargado de que nos sintiéramos profundamente amadas. Y eso es lo más grande que nos han podido regalar.

Mis padres son mis fans número uno en esta aventura de la publicación literaria y, en realidad, en todas la aventuras que emprendo; y en las desventuras, también. Hay una cosa que me caló hondo desde los primeros pasos de esta andadura. Veréis, ellos pertenecen a una generación donde un trabajo estable, con un horario fijo y un sueldo a final de mes eran garantía para vivir tranquilo; donde pertenecer a una misma empresa toda la vida era sinónimo de éxito, lealtad y seguridad a todos los niveles. Pues aún así, cuando arranqué, lejos de ver el comienzo de mi carrera literaria como un hobbie, como lo han hecho y manifestado personas de mi alrededor, no han dudado ni un instante en que es con lo que puedo y debo ganarme la vida, o al menos intentarlo.
Creo que ni ellos mismos son conscientes de las enormes alas que le han otorgado a mi sueño. Me ayudan a alzar el vuelo y, al mismo tiempo, consiguen que mantenga mis pies pisando tierra firme cuando me dicen: «hija, en este camino seguramente habrá muchas cosas que no serán como habías imaginado y te llevarás desilusiones, pero habrá otras tantas que te darán satisfacciones, y no serán cuando esperas ni como esperas. Lo único seguro es el trabajo y la ilusión que tú le pones; eso es el principio de todo».
Me emociona su emoción al contarle al mundo entero que su hija ha escrito y publicado un cuento. Cada vez que voy a su casa, mi casa, miro con mucha ternura como han colocado el ejemplar que les regalé en la mesa principal del salón, ahí centradito y bien visible para todo el que les visita. Para ellos es un premio. Para mí, ellos son el premio.
Gracias mamá. Gracias papá. Un trocito de Luciérnaga busca a su familia es vuestro.





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